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Buenas tardes a quien pretende seguir estas palabras. Debo confesar, en primer lugar, que la gente me acusa de ser
un romántico. En segundo lugar, es
necesario que diga que esa palabra puede significar algo muy distinto a lo que
están pensando.
Mi nombre es Edgar y soy estadounidense. Nací un año antes de 1810, fui abandonado por
mis padres y adoptado por una familia de buena posición, que se apiadó de mi
hermana y de mí al ver que nadie quería tenernos. Mi infancia no fue dura: mi madrastra me quiso
mucho, quizá más de lo necesario. Mi padrastro siempre sostuvo que yo era un
malcriado, e insistió tanto con eso que terminamos peleados. Años más tarde, tras la muerte de la mujer
que me crió, decidió desheredarme. Yo tenía veinte años, y sólo sabía escribir,
así que decidí dedicarme a eso.
No había nadie más en el país que tuviera como meta vivir de
la escritura, así como tampoco había alguien dispuesto a pagarle a una persona
por escribir. Nunca funcionó, y hasta llegué a alistarme en el ejército para
ganar algunos dólares, pero tampoco pude soportar esa vida. También tuve mi
momento de suerte, pero duró poco. Meses después de haber sido contratado, el
diario en el que escribía fundió, y tuve que pasar noches robando vegetales en
plantaciones de vecinos. Sin embargo nunca paré de escribir.
Las ideas brotaban
solas, y eran grotescas: asesinatos cometidos por animales de circo, criaturas
invitadas a una fiesta en la que cumplen la función de la muerte, matrimonios
enloquecidos por la presencia de un gato malvado…y el alcohol. La gente que las leía decía estar fascinada,
pero apenas pude juntar sesenta dólares como resultado de mi esfuerzo.
Estuve casado con mi prima, la cual murió a los años por
tuberculosis. No pude soportar el dolor
y busqué alivio en sustancias indebidas, dejándome llevar por la mala sed. Yo,
que quería ser un mago en la escritura, que me sentía con poder al escribir mis
historias, morí a los cuarenta años, cuando me encontraron con ropa ajena,
tirado en una calle, sin saber qué decir.
¿Piensan, ustedes, que todo esto es romántico?
Edgar Allan Poe (Boston,
Estados Unidos, 19 de enero de 1809-Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de
1849)
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No hay rastro para atrás, ni rastro para adelante. Todo lo
que ha quedado de mí son cuentos.
Escritos con la severa disciplina que se merecen, sabiendo que las
primeras tres palabras son tan importantes como las tres últimas, así como no
son de importantes las cosas en la vida.
Llegando de un viaje en barco, a mi padre se le disparó la
escopeta y murió. Yo era un niño, y estaba en brazos de su amigo, saludándolo
desde el puerto. Eventualmente crecí, mi
madre se casó con otro hombre, y este hombre quedó hemipléjico. A mis dieciocho años lo encontré en el
momento justo en el que otra escopeta le quitaba la vida, sin que esto fuera un
accidente.
Nací y viví en Uruguay. Ahí me formé. Ahí supe que mi
destino era la selva, el trabajo manual, el procurarme la supervivencia. Ahí sin querer maté a un amigo, por quererle
hacer el favor de revisar su arma antes de un duelo. De ahí me fui a Buenos
Aires, a tener igual o menos suerte.
Seguí escribiendo, conocí a otros que hacían lo mismo, me
contrataron revistas. Fui y volví al Chaco, escribí una novela, discutí a
muerte con mis suegros para que dejaran que su hija viviera conmigo en la selva
misionera. Vivió conmigo pocos años.
Tuvimos dos hijos. A ellos les enseñé a no temerle a lo que les rodeaba:
pasaron noches solos en la selva, sus pies colgaron al filo de altos
montes. Su madre decidió tomar un líquido
para revelar fotos, y agonizó ocho días.
Volver a Buenos Aires fue necesario. Crié a mis hijos. Seguí
escribiendo. Tuve más amigos, hasta que fui hospitalizado. Mis cincuenta años no fueron en vano. Harto ya de todo, bebí cianuro. Años después mis
hijos siguieron ese camino. No había nada detrás para ellos, como tampoco nada
por delante. Solo cuentos.
Horacio Silvestre Quiroga Forteza ,(1878-1937)


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