martes, 31 de marzo de 2020

PRESENTACIÓN DE LA MATERIA Y PRMERA CLASE





¡Buenas!

Aclaro algunas cosas que no dije en el vídeo:

-Las respuestas deben enviármelas al mal: melnik@live.com.ar
Las mismas pueden ser fotos de lo que hayan escrito, o un mensaje directo con las respuestas.
IMPORTANTE CONSIGNAR EN LO ENTREGADO NOMBRE Y APELLIDO.

- Las actividades serán comentadas y corregidas en otro vídeo, a publicarse en breve.

PRESENTACIÓN AUTORES (OPCIONAL)


1


Buenas tardes a quien pretende seguir estas palabras.  Debo confesar,  en primer lugar, que la gente me acusa de ser un romántico. En segundo lugar, es necesario que diga que esa palabra puede significar algo muy distinto a lo que están pensando.
Mi nombre es Edgar y soy estadounidense.  Nací un año antes de 1810, fui abandonado por mis padres y adoptado por una familia de buena posición, que se apiadó de mi hermana y de mí al ver que nadie quería tenernos.  Mi infancia no fue dura: mi madrastra me quiso mucho, quizá más de lo necesario. Mi padrastro siempre sostuvo que yo era un malcriado, e insistió tanto con eso que terminamos peleados.  Años más tarde, tras la muerte de la mujer que me crió, decidió desheredarme.   Yo tenía veinte años, y sólo sabía escribir, así que decidí dedicarme a eso.
No había nadie más en el país que tuviera como meta vivir de la escritura, así como tampoco había alguien dispuesto a pagarle a una persona por escribir. Nunca funcionó, y hasta llegué a alistarme en el ejército para ganar algunos dólares, pero tampoco pude soportar esa vida. También tuve mi momento de suerte, pero duró poco. Meses después de haber sido contratado, el diario en el que escribía fundió, y tuve que pasar noches robando vegetales en plantaciones de vecinos. Sin embargo nunca paré de escribir.
  Las ideas brotaban solas, y eran grotescas: asesinatos cometidos por animales de circo, criaturas invitadas a una fiesta en la que cumplen la función de la muerte, matrimonios enloquecidos por la presencia de un gato malvado…y el alcohol.  La gente que las leía decía estar fascinada, pero apenas pude juntar sesenta dólares como resultado de mi esfuerzo.
Estuve casado con mi prima, la cual murió a los años por tuberculosis.  No pude soportar el dolor y busqué alivio en sustancias indebidas, dejándome llevar por la mala sed. Yo, que quería ser un mago en la escritura, que me sentía con poder al escribir mis historias, morí a los cuarenta años, cuando me encontraron con ropa ajena, tirado en una calle, sin saber qué decir.  ¿Piensan, ustedes, que todo esto es romántico?
Edgar Allan Poe (Boston, Estados Unidos, 19 de enero de 1809-Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de 1849)

 2


No hay rastro para atrás, ni rastro para adelante. Todo lo que ha quedado de mí son cuentos.  Escritos con la severa disciplina que se merecen, sabiendo que las primeras tres palabras son tan importantes como las tres últimas, así como no son de importantes las cosas en la vida.
Llegando de un viaje en barco, a mi padre se le disparó la escopeta y murió. Yo era un niño, y estaba en brazos de su amigo, saludándolo desde el puerto.  Eventualmente crecí, mi madre se casó con otro hombre, y este hombre quedó hemipléjico.  A mis dieciocho años lo encontré en el momento justo en el que otra escopeta le quitaba la vida, sin que esto fuera un accidente.
Nací y viví en Uruguay. Ahí me formé. Ahí supe que mi destino era la selva, el trabajo manual, el procurarme la supervivencia.  Ahí sin querer maté a un amigo, por quererle hacer el favor de revisar su arma antes de un duelo. De ahí me fui a Buenos Aires, a tener igual o menos suerte.
Seguí escribiendo, conocí a otros que hacían lo mismo, me contrataron revistas. Fui y volví al Chaco, escribí una novela, discutí a muerte con mis suegros para que dejaran que su hija viviera conmigo en la selva misionera.  Vivió conmigo pocos años. Tuvimos dos hijos. A ellos les enseñé a no temerle a lo que les rodeaba: pasaron noches solos en la selva, sus pies colgaron al filo de altos montes.  Su madre decidió tomar un líquido para revelar fotos, y agonizó ocho días.
Volver a Buenos Aires fue necesario. Crié a mis hijos. Seguí escribiendo. Tuve más amigos, hasta que fui hospitalizado.  Mis cincuenta años no fueron en vano.  Harto ya de todo, bebí cianuro. Años después mis hijos siguieron ese camino. No había nada detrás para ellos, como tampoco nada por delante.  Solo cuentos.

Horacio Silvestre Quiroga Forteza ,(1878-1937)

ACTIVIDADES EDGAR ALLAN POE


RELATO ESCRITO:


EL RETRATO OVAL (1842)
Edgar Allan Poe
Traducción de Julio Cortázar
El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza antes de permitir que, gravemente herido como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de Mrs. Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosos.  Se hallaba en una apartada torre del edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con arabescos de oro. Aquellas pinturas, no solamente emplazadas a lo largo de las paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del castillo exigía, despertaron profundamente mi interés, quizá a causa de mi incipiente delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del aposento – pues era ya de noche-, que encendiera las bujías de un alto candelabro situado a la cabecera de mi lecho y descorriera de par en par las orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama. Al hacerlo así deseaba entregarme, si no al sueño, por lo menos a la alternada contemplación de las pinturas y al examen de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquellas obras.
Mucho, mucho, leí… e intensa, intensamente miré. Rápidas y brillantes volaron las horas, hasta llegar la profunda medianoche. La posición del candelabro me molestaba, pero, para no incomodar a mi amodorrado sirviente, alargué con dificultad la mano y lo coloqué de manera que su luz cayera directamente sobre el libro.
El cambio, empero, produjo un efecto por completo inesperado.  Los rayos de las numerosas bujías (pues eran muchas) cayeron en un nicho del aposento que una de las columnas del lecho había mantenido hasta ese momento en la más profunda sombra. Pude ver así, vívidamente, una pintura que me había pasado inadvertida. Era el retrato de una joven que empezaba ya a ser mujer. Miré presurosamente su retrato, y cerré los ojos. Al principio no alcancé a comprender por qué lo había hecho. Pero mientras mis párpados continuaban cerrados, cruzó por mi mente la razón de mi conducta. Era un movimiento impulsivo a fin de ganar tiempo para pensar, para asegurarme de que mi visión no me había engañado, para calmar y someter mi fantasía antes de otra contemplación más serena y más segura. Instantes después volví a mirar fijamente la pintura.
Ya no podía ni quería dudar de que estuviera viendo bien, puesto que el primer destello de las bujías sobre aquella tela había disipado la soñolienta modorra que pesaba sobre mis sentidos, devolviéndome a la vigilia.
Como ya he dicho, el retrato representaba a una mujer joven. Sólo abarcaba la cabeza y los hombres, pintados de la manera que técnicamente se denomina vignette, y que se parece mucho al estilo de las cabezas favoritas de Sully. Los brazos, el seno y hasta los extremos del radiante cabello se mezclaban imperceptiblemente en la vaga pero profunda sombra que formaba el fondo del retrato.  El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en estilo morisco.  Como objeto de arte, nada podía ser más admirable que aquella pintura.  Pero lo que me había emocionado de manera tan súbita y vehemente no era la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza del retrato. Menos aún cabía pensar que mi fantasía, arrancada de su semisueño, hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viviente. Inmediatamente vi que las peculiaridades del diseño, de la vignette y del marco tenían que haber repelido semejante idea, impidiendo incluso que persistiera un solo instante. Pensando intensamente en todo eso, me quedé tal vez una hora, a medias sentado, a medias reclinado, con los ojos fijos en el retrato. Por fin, satisfecho del verdadero secreto de su efecto, me dejé caer hacia atrás en el lecho.  Había descubierto que el hechizo del cuadro residía en una absoluta posibilidad de vida en su expresión que, sobresaltándome al comienzo, terminó por confundirme, someterme y aterrarme. Con profundo y reverendo respeto, volví a colocar el candelabro en su posición anterior. Alejada así de mi vista la causa de mi honda agitación, busqué vivamente el volumen que se ocupaba de las pinturas y su historia. Abriéndolo en el número que designaba al retrato oval, leí en él las vagas y extrañas palabras que siguen:

                «Era una virgen de singular hermosura, y tan encantadora como alegre. Aciaga la hora en que vio y amó y desposó al pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, tenía ya una prometida en el Arte; ella, una virgen sin igual hermosura y tan encantadora como alegre y traviesa como un cervatillo; amándolo y mimándolo, y odiando tan sólo al Arte, que era su rival; temiendo tan sólo la paleta, los pinceles y los restante enojosos instrumentos que la privaban de la contemplación de su amante. Así, para la dama, cosa terrible fue oír hablar al pintor de su deseo de retratarla. Pero era humilde y obediente, y durante muchas semanas posó dócilmente en el oscuro y elevado aposento de la torre, donde sólo desde lo alto caía la luz sobre la pálida tela. Pero él, el pintor, se gloriaba de su trabajo, que avanzaba hora a hora y día a día. Y era un hombre apasionado, violento y taciturno, que se perdía en sus ensueños; tanto, que no quería ver cómo esa luz que entraba lívida, en la torre solitaria, marchitaba la salud y la vivacidad de su esposa, que se consumía a la vista de todos, salvo de la suya. Pero ella seguía sonriendo, sin exhalar queja alguna, pues veía que el pintor, cuya nombradía era alta, trabajaba con un placer fervoroso y ardiente, bregando noche y día para pintar a aquella que tanto le amaba  y que, sin embargo, seguía cada vez más  desanimada y débil. Y, en verdad,  algunos que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido como de una asombrosa maravilla, y una prueba tanto de la excelencia del artista como de su profundo amor por aquella a quien representaba de manera tan insuperable. Pero, a la larga, a medida que el trabajo se acercaba a su conclusión, nadie fue admitido ya en la torre, pues el pintor se había exaltado en el ardor de su trabajo y apenas si apartaba los ojos de la tela, incluso para mirar el rostro de su esposa. Y no quería ver que los tintes que esparcía en la tela eran extraídos de las mejillas de aquella mujer sentada a su lado. Y cuando pasaron muchas semanas y poco quedaba por hacer, salvo una pincelada en la boca y un matiz en los ojos, el espíritu de la dama osciló, vacilante como la llama ene l tubo de la lámpara. Y entonces la pincelada fue puesta y aplicado el matiz, y durante un momento el pintó quedó en trance frente a la obra cumplida. Pero, cuando estaba mirándola, se puso pálido y tembló mientras gritaba: “¡Ciertamente, ésta es la Vida misma!” y se volvió de improviso parar mirar a su amada… ¡Estaba muerta!” »





RELATO  EN AUDIO:





ACTIVIDADES:
1)      Leer de una pasada el cuento de Edgar Allan Poe, y después releerlo al completar el punto 2. ES MUY IMPORTANTE LA RELECTURA. Podés releerlo mientras escuchás su versión narrada  presente en esta publicación link.

2)      A) Buscar el significado de las siguientes palabras, y transcribirlo. Para eso, consultar el diccionario que tengas a mano o la versión online del de la Real Academia Española:
Lobreguez- Suntuoso-Cejijunto- Engalanar- - Austero- Lívido.


1)      Responder:
a)      En el cuento hay dos historias conectadas ¿cuáles son y quién las cuenta? ¿En qué momento del cuento empieza la segunda historia?

b)      Hay palabras que están escritas en este tipo de letra  (cursiva), y sirven para enfatizar lo que el narrador quiere decir, es decir, sirven para que les prestemos atención porque buscan que su significado sea destacable por sobre los demás.  Buscá esas palabras en el cuento y después explicá qué buscan enfatizar dentro del cuento.


ACTIVIDADES HORACIO QUIROGA


                                                 EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. 
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst… -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
                                                                                        Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917




ACTIVIDADES:
1)    Leé y relee el relato de Horacio Quiroga. Podés releerlo mientras escuchás su narración en Youtube.
2)    En los relatos de terror suelen abundar las frases metafóricas. Este cuento no es la excepción. Leé las siguientes frases y explicá a qué se refieren:

a)    “Su luna de miel fue un largo escalofrío”
b)    “...había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños.”
c)    “L.loró largamente todo su espanto callado”.
d)    “Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre.”